Imaginemos
una civilización
cuya gramática
llevara en
su centro
una suerte
de vicio,
especialmente en
el empleo
del verbo
más corriente
de su
vocabulario; un
defecto tal
que todo
sería percibido
no solo
falsamente, sino
en la
mayor parte
de los
casos de
una forma
mórbida. Imaginemos
qué ocurriría
entonces con
la común
fisiología de
sus usuarios,
con las
patologías mentales
y relacionales,
con la
disminución vital
a la
que éstos
se verían
expuestos. Una
tal civilización
sería ciertamente
inviable, y
por allí
por donde
se extendiera
no produciría
más que
desastre y
desolación. Esta
civilización es
la occidental
y el
verbo es,
simple y
llanamente, el
verbo ser.
El verbo
ser no
ya en
sus empleos
de auxiliar
o de
existencia —esto
es—,
empleos que
son relativamente
inofensivos, sino
en los
empleos de
atribución —esta
rosa es
roja— y
de identidad
—la rosa
es una
flor—,
que permiten
las más
puras falsificaciones.
En el
enunciado «
esta rosa
es roja
», por
ejemplo, presto
al sujeto
« rosa
» un
predicado que
no es
el suyo,
que es
más bien
un predicado
de mi
percepción: soy
yo, que
no soy
daltónico, que
soy «
normal »,
quien percibe
esta longitud
de onda
como «
rojo ».
Decir «
percibo la
rosa como
rojo »,
ya sería
menos capcioso.
En cuanto
al enunciado
« la
rosa es
una flor
» me
permite borrarme
de forma
oportuna tras
la operación
de clasificación
que yo
hago. Convendría
más bien
decir: «
clasifico esta
rosa entre
las flores
» —que
es la
formulación común
en las
lenguas eslavas.
A continuación,
se hace
bien evidente
que los
efectos del
es de
identidad tienen
un alcance
emocional muy
distinto cuando
permiten decir,
de un
hombre que
tiene la
piel blanca,
«es un
Blanco »,
de alguien
que tiene
dinero, «
es un
rico »,
o de
una mujer
que se
comporta algo
libremente, «
es una
puta ».
Y esto
no se
dice en
absoluto para
denunciar la
supuesta «
violencia »
de tales
enunciados, preparando
así el
advenir de
una nueva
policía de
la lengua,
de una
political correctness
ampliada, que
esperaría que
cada frase
llevara consigo
su propia
garantía de
cientificidad. De
lo que
se trata
es de
saber qué
se hace,
que SE
nos hace,
cuando se
habla; y
de saberlo
juntos.
http://mesetas.net/?q=dispositivos-3
miércoles, 23 de mayo de 2012
ano
El cuerpo tiene un órgano metafórico
es el lugar de todas las transmutaciones
es el lugar poético por excelencia, el ano
en es sentido que es el lugar
donde el niño y la niña se encuentran todavía, subrayando todavía
sin el corte, sin la diferencia de los sexos.
El lugar metafórico, el ano,
mierda, niño, regalo, pene
todo es intercambio.
Una gran mujer, mujer de Nietzsche,
mujer de Rilke, casi
mujer de Freud: Lou Andrea Salomé,
habló de la vagina como
eternamente
arrendada al ano.
Osvaldo Lamborghi ni
domingo, 29 de abril de 2012
¡Qué mariquita ni qué niño muerto!
Paco Vidarte. ¡Qué mariquita ni qué niño muerto!
regalo de Fernando Beztia,
A mi amigo Juan de Ayamonte y todos los que fueron, son y serán niños mariquitas en los colegios de Huelva
"Si volviera a nacer, volvería a ser maricón". O lesbiana. En esto coincidimos todos, al menos todos los que seguimos vivos heroicamente en una sociedad heterosexistay homofóbica porque hemos conseguido salir indemnes con mejor o peor suerte de sus criminales políticas de propagación del VIH, de acoso y persecución institucional y social desde pequeños hasta mayores. Esto es el orgullo gay, no otra cosa. Orgullo de seguir vivos y haber sorteado todo un dispositivo de disuasión encaminado a reprimir, desviar, invertir, obstaculizar, penalizar, martirizar física y psicológicamente nuestra preferencia sexual.
Sin embargo, pese a todo el orgullo gay que podamos acumular a lo largo de la vida y habernos construido un nicho social, familiar, laboral en el que sentirnos a gusto y absolutamente felices, creo que casi nadie sería capaz de decir esta otra frase, similar a la anterior, sin sentir un escalofrío por la espalda y ver cómo se le pasan cinematográficamente, en unos segundos, escenas de horror amontonadas en el desván de la memoria: "Si volviera a nacer, me gustaría volver a ser el niño mariquita de mi colegio". Es nuestra piedra de toque: no querer volver a vivir la infancia, un contexto donde nuestra autoestima era imposible. Toda nuestra infancia a la mierda, nada se salva. No quiero haber sido niño. Las maricas no miramos atrás. Vivimos y recordamos desde que empezamos a ser felices y de ahí en adelante. El presente y el futuro son nuestros. En el pasado sucumbimos. Quizás no todos, ni del mismo modo. Esto no es victimismo. Es historia. La historia de la España mariquita que siempre ha perdido en los dos frentes y cuyos muertos ni siquiera se desentierran ni son honrados.
Yo soy un niño muerto. No porque me solidarice hipócritamente con ninguna víctima del bullying, sino porque si alguna vez fui un niño, murió rápido: yo lo asesiné y lo enterré vivo buscando salvarme en mi vida de adolescente. Al que también enterré vivo, dándole con la pala en la cabeza hasta que dejó de moverse. Luego ya nunca he vuelto a sepultarme y tampoco creo en los fantasmas. Ahora sé defenderme.
"Si todos los niños y niñas deben estar protegidos contra los malos tratos (art. 6 [de los Derechos del niño]), eso significa que no se puede ejercer sobre ellos y ellas violencia física, psicológica o simbólica con el único objetivo de promocionar una identificación heterosexual o de castigar actitudes, gustos, opiniones, aficiones, etc., que se quieran interpretar como señales de disconformidad con un modelo de rol de género o con una posible preferencia sexual" (Llamas, R. y Vidarte, F. J.: Homografías. "Nenaza. La invención del niño mariquita", Madrid, Espasa-Calpe, 1999, p. 111). Hace ya muchos años que escribimos esto Ricardo Llamas y yo. Y que hablamos del suicidio y del acoso escolar por estos motivos nunca atendidos y siempre silenciados. Como sucede hoy.
Estamos asistiendo a una invasión mediática de algo que hemos sabido y experimentado siempre. Ahora parece que tiene nombre. Un nombre ininteligible e inescribibleen castellano: bullying. Como si lo hubiéramos importado de culturas anglosajonas más avanzadas que la nuestra. De nuevo asistimos en nuestro país a un alejamiento culpable de toda responsabilidad respecto del "proyecto de exterminio de los (niños) mariquitas" como si fuera cosa de estos tiempos revueltos de crisis de autoridad y familia nuclear desmembrada por la Play. Ya es hora de que revisemos el sistema patriarcal heterosexista en que vivimos que provoca mortalidad infantil en las aulas, acoso, montañas de sufrimiento, mujeres maltratadas y asesinadas y más cosas terribles. Lo mismo que en Euskadi, parece que la culpa la tienen cuatro locos violentos irracionales, niños malos. La cosa es no mirarnos nunca el ombligo ni reconstruir la historia de un país de machitos violentos, heterosexistas, patrioteros, patriarcales, misóginos, creyentes, homofóbicos, deportistas y celosos asesinos de todo cuanto amenace su cada vez más precario sistema de opresión. Javier Sáez, amigo y teórico queer, me comentaba que en dos estudios franceses recientes sobre factores de discriminación en las aulas, a uno se le olvidó incluir la "homosexualidad" y el otro le preguntó a los niños directamente si eran homosexuales. Todos callaron, naturalmente. ¿Quién va a decir en su clase que es mariquita? El resultado del estudio fue que no existía discriminación por orientación sexual en las escuelas.
Menos científicamente, yo he hecho una pequeña encuesta entre amigos que cualquiera puede hacer rápidamente y, no por azar, a todos nos venía a la memoria alguna escena de acoso, de humillación. O incipientes estrategias de supervivencia y disimulo: "Yo no tenía pluma, pero era gordito, tenía gafas, era el empollón, un niño muy raro, muy complicado, introvertido, no me relacionaba, vivía en mi mundo, iba a mi bola, tenía uno o dos amigos tan solo y me dejaban en paz". No se trata de tener a todo el profesorado buscando y detectando persecutoriamente a los niños mariquitas para hipervisibilizarlos, patologizarlos, señalarlos y así poder "protegerlos". Ya me veo las quejas de los padres viendo su orgullo familiar por los suelos: "Mi niño ha sido objeto de acoso pero ¡no es mariquita!".
El problema no es que la agresión, el acoso convierta socialmente a la víctima en mariquita, la raíz del problema es que el bullying rubrica la heterosexualidad de los agresores en una edad temprana donde buscan afirmar su virilidad e identidad sexual como pueden, como ven, como siempre se ha enseñado en España (un país que apremia a ser hetero cuanto antes): a golpes con los maricas y las mujeres. Y demás antiespañoles
miércoles, 25 de abril de 2012
lunes, 16 de abril de 2012
sábado, 31 de marzo de 2012
Judith Butler sigue siendo la mejor
¿Qué quiere decir que el género es performativo? Una cosa es decir que el género es una performance (se actúa).Y otra que el género es performativo. Cuando decimos que es performance suponemos que tomamos un rol, que actuamos, y que esa actuación o role playing es crucial para el género que somos y el que le presentamos al mundo. Decir que el género es performativo es diferente porque para que algo sea performativo tiene que producir una serie de efectos. Actuamos, caminamos, hablamos de maneras que consolidan la impresión de ser un hombre o una mujer. Caminaba un día por Berkeley cuando llegué hace varios años ya, y una joven mujer, de la escuela secundaria supongo, se asomó por la ventana y gritó “¿Sos lesbiana?” Buscaba hostigarme, o estaba asustada o pensaba que yo parecía alguien que quería saber, pero yo giré y conteste “Sí, soy”. Y eso la shockeó. Actuamos como si ese ser hombre o ser mujer fuera una realidad interna, algo que es verdadero acerca de nosotrxs, un hecho. Realmente se trata de un fenómeno producido y reproducido todo el tiempo. Entonces, decir que el género es performativo quiere decir que nadie es un género realmente para empezar. Sé que es controvertido, pero eso sostengo. ¿Cómo debería modificar esta noción de la performatividad del género la manera en la que concebimos el género? Pensemos cuán difícil es para nenes afeminados o nenas marimachas funcionar socialmente sin ser hostigados en la escuela, sin soportar bromas pesadas, sin amenazas de violencia, o sin la intervención de sus padres, diciendo necesitás un psicólogo por que no podés ser normal. Hay poderes institucionales como la normalización psiquiátrica, y hay prácticas informales como el bullying que tratan de mantenernos en nuestro lugar. Hay una cuestión acerca de cómo esas normas de género se establecen y son patrulladas, y cuál es la mejor manera de trastocarlas y superar su función policial. En mi opinión, el género es culturalmente construido, pero también un dominio de agenciamiento y libertad. Es muy importante resistir la violencia que se impone en las ideas de genero especialmente contra ellos que son de genero diferente, aquellos que no conforman las reglas de género en su presentación
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